Ciudadela
Ciudadela Sin embargo, yo deseaba que no se confundiese con una pobre justicia la alta justicia a la que yo servía. «El azar de una baja diligencia, -me decía yo-, anudó un tesoro que, dividido, nada sería. Él engrandece a quien lo posee, pero interesa que quien lo posea lo engrandezca. Yo podría dividirlo, distribuirlo y convertirlo en pan para el pueblo; pero los de mi pueblo, pues son muchos, se aumentarán poco con este aumento de un día de alimento. Una vez construido el árbol, si es hermoso, quiero transformarlo en mástil de velero, no distribuirlo a todos en leños para fuego de una hora. Porque poco los engrandecerá una hora de fuego. Pero, plenamente, embellecerá a todos la botadura de un navío.
”Quiero extraer de este tesoro una imagen de la que puedan alegrarse los corazones. Quiero dar a los hombres el gusto del milagro, porque conviene que los pescadores de perlas que viven pobres, tan duro es arrancarlas del fondo de los mares, crean en la perla maravillosa. Más ricos son con una perla hallada por uno solo una vez al año y que transforma su destino, que con un mediano suplemento de comida, debido a la distribución equitativa de todas las perlas del mar, porque la que es única florece para todos el fondo de los mares».