Ciudadela

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Buscaba yo, en mi alta justicia, un empleo digno de las riquezas confiscadas, porque no me pronuncio por las piedras, contra el templo. Me importaba poco extender el glaciar en charca, dispersar el templo en materiales dispares y someter el tesoro al pillaje. Porque el Ășnico pillaje que honro es el de la tierra, en la que tambiĂ©n la semilla se saquea a sĂ­ misma, porque muere en nombre del ĂĄrbol. Me interesaba poco enriquecer a cada uno, pobremente, segĂșn su estado, aumentando en una joya a la cortesana, en un celemĂ­n de trigo al labrador, en una cabra al pastor, en una moneda de oro al avaro. Porque miserable es entonces el enriquecimiento. Me interesaba salvar la unidad del tesoro para que irradiase sobre todos como ocurre con la perla invisible. Porque ocurre que, si fundas un dios, lo das a todos, en su totalidad, sin reducirlo.

He aquĂ­ que se conmueve, pues, tu sed de justicia:

—Miserables —dices—, son el labrador y el pastor. ÂżCon quĂ© derecho los defraudarĂ­as en lo que les corresponde, en nombre de una ventaja que no desean o de un dios que ignorarĂĄn? Pretendo disponer del fruto de mi trabajo. Con Ă©l alimentarĂ©, si me place, a los cantores. AhorrarĂ©, si me place, para la fiesta. Pero Âżcon quĂ© derecho construirĂĄs tu basĂ­lica, si yo la niego con mi sudor?


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