Ciudadela
Ciudadela Rogaba, pues, a Dios que me instruyese, y Él en su bondad me hizo recordar las caravanas hacia la ciudad santa, aunque yo no comprendÃa muy bien al principio en qué una visión de camelleros y de sol podÃa aclarar mi litigio.
Yo te vi, oh pueblo mÃo, preparando por mi orden tu peregrinaje. Yo gusté siempre como una miel única la actividad de la última tarde. Porque ocurre con la expedición que preparas como un navÃo que aparejases al terminar de construirlo, y que, tras haber tenido sentido de escultura o de templo, los cuales gastan los martillos y te provocan en tus inventos y tus cálculos y la potencia de tu brazo, adquiere ahora sentido de viaje, porque lo vistes para el viento. Asà con tu hija que has nutrido y enseñado y cuyo amor de los adornos castigaste: pero llega el alba del dÃa en que el esposo la espera y, esa mañana, por no juzgarla nunca bastante bella, te arruinas comprándole telas de lino y brazaletes de oro; porque también se trata para ti de la botadura de un navÃo al mar.