Ciudadela
Ciudadela Yo saboreo entonces tu calor, oh pueblo mío, que preparas la crisálida de tus cuarenta días de desierto y, al no escuchar el viento de las palabras, nunca me equivoqué sobre ti. Porque al pasearme en las vísperas de partida, en el silencio de mi amor, entre los crujidos de correas, los gruñidos de los animales, y las discusiones agrias acerca del camino que seguir, o de la elección de los guías, o de la misión destinada a cada uno, no me asombraba de oíros, no elogiar el viaje, sino por el contrario, trazar un negro relato de los sufrimientos de la expedición del año pasado, y los pozos secos, y los vientos ardientes, y las picaduras de las serpientes aprisionadas en la arena como invisibles nervios, y la emboscada de los bandidos, y la enfermedad y la muerte, pues sabía que ésos eran tan sólo pudor del amor.
Porque conviene que finjas no exaltarte acerca de tu dios celebrando primero las cúpulas doradas de la ciudad santa, porque tu dios no es regalo hecho, ni provisión reservada para ti en algún lugar, sino fiesta y coronamiento del ceremonial de tus miserias.