Ciudadela
Ciudadela Me sobrevino el arrepentimiento de no haber usado mesuradamente los dones ofrecidos, que sólo son significación y senda, y, por haberlos codiciado en sí mismos, por no haber encontrado en ellos sino desierto. Por haber confundido medida con mezquindad de carne o de corazón, no he deseado practicarla. Me place incendiar la selva para calentarme una hora, pues el fuego me parece así más principesco. Y me parece poco interesante, si desde lo alto de mi caballo oigo silbar las balas de guerra, economizar mis días. Yo valgo lo que soy en cada instante y el fruto no nace si ha descuidado alguna etapa.
Por eso me parece risible cierto tinterillo que, durante el sitio de su ciudad, se negó a aparecer en las murallas, por desprecio, decía del valor físico. Como si se tratase de un estado y no de un uso. De una finalidad y no de una condición simple de la permanencia de la ciudad.
Porque yo, igualmente, desprecio el apetito vulgar, y no he vivido para la digestión de cuartos de carne. Pero hice que los cuartos de carne sirviesen al brillo de mi sablazo, y sometí mi sablazo a la permanencia del imperio.