Ciudadela
Ciudadela Y ciertamente, aunque durante un combate me niego a medir mis golpes por avaricia de músculo o lloriqueo de miedo, no me gustaría que los historiógrafos del imperio hiciesen de mí un remolino de sablazos; porque yo no moro en mi sable. Y si desconfío de los delicados que tragan su comida como un remedio, con la nariz prieta, no me gustaría que mis historiógrafos hiciesen de mí un devorador de carne porque yo no moro en mi vientre. Soy un árbol bien instalado en sus raíces y no desprecio nada de la pasta que ellas amasan. De ello saco mis ramas.
Pero hallé que me equivocaba con respecto a las mujeres. Sobrevino la noche de mi arrepentimiento en que conocí que no sabía usar de ellas. Yo era semejante a aquél que, rapaz, ignorante del ceremonial, te mueve las piezas de ajedrez con una prisa árida y, al no encontrar alegría en ese desorden, te las distribuye a los cuatro vientos.
Esa noche, Señor, me levanté de su lecho con cólera al comprender que yo era ganado en el establo. Yo no soy, Señor, siervo de mujeres.
Distinto es triunfar en la ascensión de la montaña o, llevado en litera, buscar de paisaje en paisaje la perfección. Porque apenas has medido los contornos de la llanura azul, encuentras el tedio y pides a tus guías que te lleven a otra parte.