Ciudadela
Ciudadela Yo busqué en la mujer el regalo que podía dar. La he deseado tal como una campanada cuya nostalgia hubiese gustado. Mas ¿qué puedes hacer con una misma campanada, día y noche? Vuelves a poner pronto la campana en el granero y ya no la necesitas. He deseado a otra por una sutil inflexión de la voz cuando decía: «Tú, Señor mío…»; pero pronto te cansas del dicho y sueñas con otra música.
Y si te diese diez mil mujeres, una tras otra las vaciarías de pronto de su virtud propia, y necesitarías mucho más aún para colmarte, pues eres distinto según las estaciones, y los días, y los vientos.
Y sin embargo, después de haber considerado siempre que nadie llegará nunca al conocimiento de una sola alma de hombre, y que hay, en lo secreto de cada uno, un paisaje interior de llanuras invioladas, de quebradas de silencio, de pesadas montañas, de jardines secretos, y que, sobre éste o el otro, puedo sin cansarte, hablar durante toda una vida, yo no comprendía la miseria de la provisión que tal o cual de mis mujeres me traía, la que no bastaba para la comida de una noche.