Ciudadela

Ciudadela

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¡Ah, Señor!, yo no las he considerado como tierra arable, a la que debo ir, durante todo el año, antes del alba, con mis pesados zapatos de lodo y mi arado, y mi caballo, y mi rastra y mi bolsa de granos y mi previsión de los vientos y las lluvias, y mi conocimiento de las malas hierbas y por sobre todo mi fidelidad, para recibir de ellas lo que es para mí; pero las reduje a la misión de esos muñecos de bienvenida que conducen ante ti los notables de los pueblos humildes por donde pasa tu ronda en el imperio, y que te recitan su discurso, o te ofrecen, en una cesta, frutos del lugar. Y ciertamente, recibes, pues es de líneas puras la sonrisa, y musical el gesto que ofrece los frutos, e ingenua la intención del discurso, pero los has agotado en sus dones y vaciado de su miel en un instante, cuando palmeaste sus mejillas frescas y saboreaste con los ojos su aterciopelada confusión. Ciertamente ésas son también tierras arables de grandes horizontes, donde te perderías acaso para siempre si supieses por dónde se penetra.

Mas yo buscaba de colmena en colmena recoger la miel ya hecha, y no penetrar esa extensión que al principio no te ofrecerá nada y te reclamará pasos y pasos y pasos; porque importa que mucho tiempo, en el silencio, acompañes al dueño de los dominios, si quieres hacerte allí una patria.


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