Ciudadela
Ciudadela Yo, que he conocido al único verdadero geómetra, mi amigo, el que podía instruirme día y noche, y al cual llevaba yo mis litigios para conocerlos, no resueltos, sino vistos por él, y ya distintos, pues siendo tal, él mismo y no otro, no escuchaba como yo esa nota, no veía como tú ese sol, no gustaba como tú esa comida, sino que con los materiales que se le sometían, hacía ese fruto de tal gusto, y no de otro -él, que simplemente, no era mesurado, ni mensurable, sino poder en acción de cierta calidad y no de otra, en cierta dirección y no en otra-; yo, que conocí en él el espacio y que iba a él como se busca el viento del mar, o la soledad, ¿qué hubiese recibido de él si hubiera buscado no el hombre, sino las provisiones, los frutos, no el árbol, y pretendido satisfacerme el espíritu y el corazón con algunos preceptos de geometría?
Señor, a esa que he hecho de mi casa, tú me la das a arar y a acompañar y a descubrir.