Ciudadela
Ciudadela «Señor, -decía yo-, sólo para aquél que araña su tierra, planta el olivo y siembra la cebada, suena la hora de las metamorfosis de las que no podría regocijarse si comprase su pan al comerciante. Suena la hora de la fiesta de las cosechas. Suena la hora de la fiesta del entrojamiento, y él empuja lentamente con el hombro la puerta gimiente sobre la reserva del sol. Porque posee el poder de abrasar, llegado el momento, tus grandes cuadros de tierra negra, la colina de simiente que acabas de encerrar, y sobre la cual flota aún la gloria de un polvo de sonido que no se depositó totalmente.
”¡Ah Señor!, decía yo, he equivocado el camino. Me apuré entre las mujeres como en un viaje sin destino.
”He sufrido junto a ellas como en un desierto sin horizonte, en busca del oasis que no es el amor, sino más allá.
”Busqué un tesoro que estuviese oculto, como un objeto por descubrir entre otros objetos. Me incliné sobre su corta respiración como un remero. Y no iba a ningún lado. Medí con los ojos su perfección, conocí la gracia de las coyunturas y el asa del codo donde se quiere beber. Yo sufrí una angustia que tenía dirección. Sentí una sed que tenía remedio. Mas, habiendo equivocado el camino, miré tu verdad de frente, sin comprenderla.