Ciudadela
Ciudadela «Acepto como provisionales, Señor, aunque no sea de mi etapa distinguir la llave de la bóveda, las verdades contradictorias del soldado que busca herir y del médico que busca curar. Yo no concilio, en tibio brebaje, bebidas heladas y calientes. No deseo que se hiera y se cure moderadamente. Castigo al médico que niega su atención, castigo al soldado que niega sus golpes. Y no me importa si las palabras se sacan la lengua. Porque ocurre que esa única celada, cuyos materiales son dispares, se apodera de mi captura en su unidad, que es tal hombre, de tal cualidad, y no de otra.
”Tanteando, busco tus divinas líneas de fuerza, y carente de evidencias que no son de mi estadio, digo que tengo razón en la elección de los ritos del ceremonial si ocurre que con ellos me libero y respiro. Tal como mi escultor, Señor, a quien satisface cierto movimiento del pulgar hacia la izquierda, aunque no sepa decir por qué. Pues sólo así le parece que confiere poder a su arcilla.
”Yo voy a ti como se desarrolla el árbol según las líneas de fuerza de su semilla. El ciego, Señor, nada conoce del fuego. Pero el fuego tiene líneas de fuerza sensibles en las palmas. Y él anda a través de las zarzas, porque toda mutación es dolorosa. Señor, yo voy a ti, por tu gracia, a lo largo de la cuesta de las transmutaciones.