Ciudadela
Ciudadela Y ahora comienza la verdadera danza, porque el vendedor conoce a los hombres. Si adivina que su anzuelo está bien prendido, no te aflojará la lÃnea. Pero le dices que el brazalete es demasiado caro y te despides. Te llama pues. Es tu amigo. Consentirá un sacrificio por la belleza de tu esposa. Lo apenarÃa tanto dejar su tesoro en manos de una fea. Vuelves, pues, pero a pasos lentos. Regulas tu regreso como un deambular. Pones mala cara. Sopesas el brazalete. No tienen gran valor si no son pesados. Y la plata no brilla. Vacilas, pues, entre una pobre joya y la hermosa tela de color que viste en el otro negocio. Pero tampoco debes hacerte demasiado el desdeñoso porque si desespera de venderte te dejará alejarte. Y te ruborizarás del mal pretexto en que te embarullarás para volver.