Ciudadela
Ciudadela Y ahora que estáis más despiertos, si ocurre que tu asno intenta demostrar mejor su empeño, escuchas el trote poco durable que produce como un canto de guijarros y meditas tu mañana. Y sonrÃes. Porque elegiste ya el negocio en que regatearás el brazalete de plata. Conoces al viejo comerciante. Se alegrará con tu visita pues eres su mejor amigo. Preguntará por tu mujer. Te interrogará sobre su salud, porque tu mujer es preciosa y frágil. Te dirá tantos y tantos elogios, y con tan emocionada voz, que el transeúnte menos sutil, con sólo oÃr tales elogios, la juzgarÃa digna del brazalete de oro. Pero suspiras. Porque asà es la vida. Tú no eres rey. Eres quintero de legumbres. Y el vendedor también suspirará. Y cuando hayáis suspirado bastante en homenaje al inaccesible brazalete de oro, te confesará que prefiere los de plata. Ante todo, te explicará, un brazalete debe ser pesado. Y los de oro son siempre livianos. El brazalete tiene un sentido mÃstico. Es el primer eslabón de la cadena que os une el uno al otro. Grato es, en amor, sentir el peso de la cadena. En el brazo bonitamente alzado, cuando la mano acomoda el velo, la joya debe pesar porque asà informa al corazón. Y el hombre volverá de su trastienda con el más pesado de sus anillos y te rogará que pruebes el efecto de su peso meciéndolo con los ojos cerrados y meditando sobre la calidad de tu placer. Y harás la experiencia. Aprobarás. Y lanzarás otro suspiro. Porque asà es la vida. No eres capitán de una rica caravana. Sino conductor de un asno. Y mostrarás el asno, que espera ante la puerta y no es vigoroso, y dirás: «Mis riquezas son tan poca cosa que esta mañana, bajo su peso, trotaba». El vendedor pues lanzará también un suspiro. Y cuando hayáis suspirado bastante en homenaje al inaccesible brazalete pesado, te confesará con respecto a los brazaletes livianos, que al fin y al cabo, son superiores en calidad del cincelado, que es más fino. Él te mostrará el que deseas. Porque desde hace dÃas decidiste, según tu cordura, como un jefe de Estado. Hay que reservar una parte de las ganancias del mes para la alfombra de espesa lana, y otra para el rastrillo nuevo, otra finalmente para el alimento diario…