Ciudadela
Ciudadela Recuerda el gusto del amor cuando beses a tu mujer, pues el alba dio sus colores a las legumbres cuya pirámide insegura instalas sobre tu asno, cuando te pones en camino para venderlas en el mercado. Tu mujer te sonrÃe. Queda allà en el umbral dispuesta, como tú, para su trabajo; porque barrerá la casa y lustrará los utensilios y se ocupará de cocer tu comida, pensando en ti, por el festÃn cuya sorpresa cuece lentamente, diciéndose a sà misma: «Que no vuelva demasiado pronto porque si me sorprendiese malograrÃa mi placer…». Nada, pues, la separa de ti aunque en apariencia te vayas lejos y ella desee tu demora. Y lo mismo ocurre contigo, porque tu viaje servirá a la casa ya que es preciso que repares su desgaste y alimentes su alegrÃa. Y previste en tu ganancia una alfombra de alta lana y, para tu esposa, algún collar de plata. Por eso cantas en el camino y habitas la paz del amor, aunque te destierras en apariencia. Construyes tu casa, con los golpecitos de tu vara, guiando al asno, sujetando las cestas, frotándote los ojos porque es temprano. Eres más solidario con tu mujer que en las horas ociosas cuando te vuelves hacia el horizonte, desde el umbral de tu casa, sin pensar siquiera en volverte para saborear algo de tu reino, porque sueñas entonces con una lejana boda a la que deseas asistir, o con tal trabajo, o con tal amigo.