Ciudadela
Ciudadela Del mismo modo probábamos el canto de los poetas sobre el ejército que comenzaba a dividirse. Pero ocurrÃa este prodigio: que los poetas eran ineficaces y que los soldados se burlaban de ellos.
—Que nos canten nuestras verdades -respondÃan. El surtidor de nuestra casa y el perfume de nuestra sopa por la noche. ¿Qué nos importan esas chocheras?
Es entonces cuando aprendà esta otra verdad; que el poder perdido no se vuelve a hallar más. Y que la imagen del imperio habÃa perdido su fertilidad. Porque las imágenes mueren como las plantas cuando su poder se ha gastado y sólo son materiales muertos prontos a dispersarse, y humus para las plantas nuevas. Y me aparté para reflexionar sobre este enigma. Porque nada es más verdadero ni menos verdadero. Sino más eficaz o menos eficaz. Y ya no tenÃa en las manos el nudo milagroso de la diversidad. Se me escapaba. Y mi imperio se arruinaba a sà mismo, pues cuando la tormenta rompe las ramas del cedro y el viento de arena lo seca y cede ante el desierto, no es porque la arena se haya vuelto más fuerte, sino porque el cedro ha renunciado ya y abre sus puertas a los bárbaros.