Ciudadela
Ciudadela Cuando cantaba un cantor se le reprochaba exagerar su emoción. Es verdad que lo patético sonaba a falso y nos parecía de otra verdad. ¿Él mismo es víctima, decíamos, del amor que expresa por las cabras, por los carneros, por las moradas y las montañas que son objetos dispares? ¿Es él mismo víctima del amor que experimenta por los recodos de los ríos que no amenazan los peligros de la guerra, y que no merecen la sangre? Y es verdad que los cantores mismos tenían remordimientos de conciencia, como si hubieran contado fábulas groseras a niños que no hubiesen sido ya enteramente crédulos…
Mis generales, con su sólida estupidez venían a reprocharme mis cantores. «¡Cantan en falso!», me decían. Pero yo comprendía su nota falsa, pues celebraban a un dios muerto.
Mis generales, con su sólida estupidez, me interrogaban entonces: «¿Por qué nuestros hombres no quieren combatir más?». Como si hubieran dicho, escandalizados en su oficio: «¿Por qué no quieren ya segar los trigos?». Y yo cambiaba la pregunta que formulada así no conducía a nada. No se trataba de un oficio. Y me preguntaba en el silencio de mi amor: «¿Por qué ya no quieren morir?». Y mi sabiduría buscaba una respuesta.