Ciudadela
Ciudadela Porque no se muere por carneros, ni por cabras, ni por moradas, ni por montañas. Porque los objetos subsisten sin que nada se les sacrifique. Pero se muere por salvar el nudo invisible que los anuda y los cambia en dominio, en imperio, en rostro reconocible y familiar. En esta unidad se cambia, porque se la construye también cuando se muere. La muerte paga por causa del amor. Y el que ha cambiado lentamente su vida por la obra bien hecha, y que dura más que la vida, por el templo que se abre camino en los siglos, ése acepta también morir si sus ojos saben cómo separar el palacio de la disparidad de materiales, y si se asombra por su magnificencia y desea fundirse con él. Pues es recibido por algo más grande que él y se entrega a su amor.
Pero ¿cómo aceptarían cambiar su vida por intereses vulgares? El interés antes que nada, ordena vivir. Sea lo que fuere, mis cantores ofrecían a mis hombres moneda falsa a cambio de sus sacrificios. Sin saber desprender el rostro que los hubiera animado. Mis hombres no tenían ya derecho a morir por amor. ¿Por qué morirían entonces?
Y aquéllos que morían por rigidez del deber que aceptaban sin comprender, morían tristemente, tiesos y con los ojos duros, parcos en palabras, con la severidad de su disgusto.