Ciudadela

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Y por esto buscaba yo en mi corazón una enseñanza nueva que pudiera aprisionarlos. Después, comprendiendo que esto no se logra con sabiduría o razones, ya que se trata de crear un rostro como el escultor impone a la piedra el peso de su arbitrariedad, supliqué a Dios que me iluminara.

Y toda la noche velé a mis hombres entre la lluvia de arena que subía y corría de través sobre las dunas para desencanillarlas y reformarlas un poco más lejos. En esta noche sin edad, en la que la luna aparecía y desaparecía en la humareda rosácea que arrastraban los vientos. Y escuchaba a los centinelas llamarse aún unos a otros en las tres cimas del campamento triangular; pero sus voces eran sólo largos gritos sin creencia, patéticos al encontrarse vacíos.

Y decía a Dios:

—Nada hay para acogerlos… Su viejo lenguaje se ha gastado. Los prisioneros de mi padre eran descreídos, pero flanqueados por un imperio poderoso. Mi padre les había enviado un cantor de quien respondía ese imperio. Por eso en una sola noche, por la omnipotencia de su verbo, los convirtió. Pero esa fuerza no era suya, sino del imperio.


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