El Principito
El Principito AL quinto dÃa, y también en relación con el cordero, me fue revelado este otro secreto de la vida del principito. Me preguntó bruscamente y sin preámbulo, como resultado de un problema largamente meditado en silencio:
—Si un cordero se come los arbustos, se comerá también las flores ¿no?
—Un cordero se come todo lo que encuentra.
—¿Y también las flores que tienen espinas?
—SÃ; también las flores que tienen espinas.
—Entonces, ¿para qué le sirven las espinas?
Confieso que no lo sabÃa. Estaba yo muy ocupado tratando de destornillar un perno demasiado apretado del motor; la averÃa comenzaba a parecerme cosa grave y la circunstancia de que se estuviera agotando mi provisión de agua me hacÃa temer lo peor.
—¿Para qué sirven las espinas?
El principito no permitÃa nunca que se dejara sin respuesta una pregunta formulada por él. Irritado por la resistencia que me oponÃa el perno, le respondà lo primero que se me ocurrió:
—Las espinas no sirven para nada; son pura maldad de las flores.
—¡Oh!
Y después de un silencio, me dijo con una especie de rencor: