El Principito
El Principito —¡No te creo! Las flores son débiles. Son ingenuas. Se defienden como pueden. Se creen terribles con sus espinas.
No le respondà nada; en aquel momento me estaba diciendo a mà mismo: «Si este perno me resiste un poco más, lo haré saltar de un martillazo». El principito me interrumpió de nuevo mis pensamientos:
—¿Tú crees que las flores…?
—¡No, no creo nada! Te he respondido cualquier cosa para que te calles. Tengo que ocuparme de cosas serias.
Me miró estupefacto.
—¡De cosas serias!
Me miraba con mi martillo en la mano, los dedos llenos de grasa e inclinado sobre algo que le parecÃa muy feo.
—¡Hablas como las personas mayores!
Me avergonzó un poco. Pero él, implacable, añadió:
—¡Lo confundes todo! ¡Todo lo mezclas!
Estaba verdaderamente irritado; sacudÃa la cabeza, agitando al viento sus cabellos dorados.