El Principito
El Principito —Ya no tengo nada que hacer aquà —le dijo al rey—. Me voy.
—No partas —le respondió el rey que se sentÃa muy orgulloso de tener un súbdito—; no te vayas y te hago ministro.
—¿Ministro de qué?
—¡De… de justicia!
—¡Pero si aquà no hay nadie a quien juzgar!
—Eso no se sabe —le dijo el rey—. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y como no hay sitio para una carroza…
—¡Oh! Pero yo ya he visto… —dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta—. Allá abajo no hay nadie tampoco.
—Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difÃcil. Es mucho más difÃcil juzgarse a sà mismo que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.
—Yo puedo juzgarme a mà mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquÃ.
—¡Ejem, ejem! Creo —dijo el rey— que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tú podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependerÃa de tu justicia y la indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.