El Principito
El Principito Me quedĂ© sorprendido al comprender sĂşbitamente ese misterioso resplandor de la arena. Cuando yo era niño vivĂa en una casa antigua en la que, segĂşn la leyenda, habĂa un tesoro escondido. Sin duda que nadie supo jamás descubrirlo y quizás nadie lo buscĂł, pero parecĂa toda encantada por ese tesoro. Mi casa ocultaba un secreto en el fondo de su corazĂłn…
—Sà —le dije al principito—, ya se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, lo que les embellece es invisible.
—Me gusta —dijo el principito— que estés de acuerdo con mi zorro.
Como el principito se dormĂa, lo tomĂ© en mis brazos y me puse nuevamente en camino. Me sentĂa emocionado llevando aquel frágil tesoro, y me parecĂa que nada más frágil habĂa sobre la Tierra. Miraba a la luz de la luna aquella frente pálida, aquellos ojos cerrados, los cabellos agitados por el viento y me decĂa: «lo que veo es sĂłlo la corteza; lo más importante es invisible…».
Como sus labios entreabiertos esbozaron una sonrisa, me dije: «Lo que más me emociona de este principito dormido es su fidelidad a una flor, es la imagen de la rosa que resplandece en él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme…» Y lo sentà más frágil aún. Pensaba que a las lámparas hay que protegerlas: una racha de viento puede apagarlas…