Piloto de guerra
Piloto de guerra Ni una palabra sobre la derrota. Es evidente. Uno no siente la necesidad de comentar lo que constituye su misma sustancia. Ellos «son» la derrota.
Tengo la visión súbita, aguda de una Francia que pierde sus entrañas. HabrÃa que recoser en seguida. No hay ni un segundo que perder: están condenados…
Ya empieza. Ya están asfixiados como peces fuera del agua:
—¿No hay leche aqu�
¡Es para morirse de risa la pregunta!
—Mi pequeño no ha bebido nada desde ayer…
Se trata de un chiquitÃn de seis meses que hace aún mucho ruido. Pero este ruido no durará: los peces fuera del agua… Aquà no hay leche. Aquà no hay más que hierro viejo. Aquà no hay más que una enorme cantidad de hierro viejo, inútil, que, descomponiéndose a cada kilómetro, perdiendo sus tuercas, sus tornillos, sus chapas de hierro, arrastran a ese pueblo, en un éxodo prodigiosamente inútil, hacia la nada.
Se esparce el rumor de que unos aviones ametrallan la carretera a pocos kilómetros hacia el Sur. Incluso se habla de bombas. OÃmos, en efecto, unas explosiones sordas. Sin duda el rumor es exacto.
Pero la gente no se asusta. Hasta me parece que se reanima un poco. Este riesgo concreto, le parece más sano que ser absorbida por el hierro viejo.