Piloto de guerra
Piloto de guerra Corro asà hacia mi castillo de fuego, en la noche azul, como otras veces… Te fuiste demasiado pronto para conocer nuestros juegos y te faltó el del «caballero Aklin». Era un juego de nuestra invención, pues despreciábamos los juegos de los otros. Se jugaba los dÃas de las grandes tormentas cuando, pasados los primeros relámpagos, comprendÃamos, por el olor de las cosas y por el brusco temblor de las hojas, que la nube estaba a punto de reventar. El espesor de los ramajes se trocaba entonces, por un instante, en un musgo rumoroso y ligero. ¡Aquélla era la señal!… ¡y nada podÃa ya detenernos!
SalÃamos corriendo desde el fondo del parque en dirección a casa, a lo largo de los céspedes, hasta perder la respiración. Las primeras gotas de los chaparrones de las tormentas son pesadas y espaciadas. El primero en ser tocado se declaraba vencido. Luego el segundo. Luego el tercero. Luego los otros. El último sobreviviente se revelaba asà el protegido de los dioses, ¡el invulnerable! TenÃa derecho hasta la próxima tormenta a llamarse: «el caballero Aklin»…
Era cada vez, en pocos segundos, una hecatombe de niños…
Yo juego aún al caballero Aklin. Corro, lentamente, hasta perder la respiración, hacia mi castillo de fuego… Pero es que:
—¡Ah! Capitán. No he visto nunca esto…