Piloto de guerra
Piloto de guerra Me he reunido con mis camaradas. Debíamos encontrarnos todos hacia la medianoche para recibir órdenes. El Grupo 2/33 tiene sueño. La llama del gran fuego se ha convertido en brasa. El Grupo parece aguantar todavía pero no es ya más que una ilusión. Hochedé interroga tristemente su famoso cronómetro. Péricot, en un rincón, con la nuca apoyada contra la pared, cierra los ojos. Gavoille, sentado encima de una mesa, con la mirada vaga y las piernas colgando, hace pucheros como un niño que va a llorar. Azambre se tambalea con un libro en la mano. Solamente el Comandante, alerta pero de una palidez que asusta, bajo una lámpara y con unos papeles en la mano, discute en voz baja con Geley. «Discute», por otra parte, no es más que una imagen. El Comandante habla. Geley menea la cabeza y dice: «Sí, naturalmente». Geley se agarra a su «Sí, naturalmente». Se adhiere, cada vez más íntimamente a los enunciados del Comandante, como el hombre que se ahoga, al cuello del nadador. Si yo fuera Alias diría, sin cambiar de tono: «Capitán Geley… usted será fusilado al alba…». Y esperaría la respuesta.
El Grupo no ha dormido desde hace tres días y aguanta en pie como un castillo de cartas.
El Comandante se levanta, va hacia Lacordaire y le saca de un sueño, en el que tal vez Lacordaire me ganaba al ajedrez:
