Piloto de guerra
Piloto de guerra Claro que algunas veces, como hoy, la misión no puede satisfacer. Es tan evidente que jugamos un juego que imita la guerra… Jugamos a ladrones y policías. Observamos correctamente la moral de nuestros libros de Historia y las reglas de nuestros manuales. Así, la noche pasada iba yo en coche por la carretera. Y el centinela de guardia, cumpliendo la consigna, cruzó la bayoneta delante del coche que lo mismo podía haber sido un tanque. Jugamos a cruzar la bayoneta ante los tanques.
¿Cómo podríamos exaltarnos con esas charadas un poco crueles, en que hacemos un papel de figurantes, cuando nos piden que lo representemos hasta la muerte? Es demasiada seria la muerte para una charada.
¿Quién se vestiría en plena exaltación? Nadie. El mismo Hochedé, que es una especie de santo, que ha alcanzado este estado de don de sí permanente que es sin duda el complemento del hombre, Hochedé mismo, se refugia en el silencio. Los camaradas que se visten, se callan, pues, con cara malhumorada, y no es por pudor de héroes. Este malhumor no disimula ninguna exaltación. Dice lo que dice. Y yo lo conozco. Es la cara de malhumor del gerente que no comprende nada de las consignas que le ha dictado un amo ausente. Y que, sin embargo, continúa siéndole fiel. Todos los camaradas sueñan con sus habitaciones tranquilas, pero no hay entre nosotros ni uno solo que elegiría verdaderamente irse a dormir.
