Piloto de guerra

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XIII

Es como si se incendiaran todos los pueblos del Norte sin retardar por su destrucción siquiera fuera medio día de avance alemán. Y sin embargo, esta provisión de pueblos, estas iglesias viejas, estas casas viejas, y todo su cargamento de recuerdos y sus hermosos parquets de nogal lustrado y la hermosa ropa de sus armarios y los encajes de sus ventanas, que habían servido hasta hoy sin deteriorarse, he aquí que desde Dunkerque hasta Alsacia los veo que arden.

Arder es una gran palabra cuando uno mira desde diez mil metros, pues sobre los pueblos, como sobre los bosques, no hay nada más que una humareda inmóvil, una especie de helada blanquecina. El fuego no es más que una digestión secreta. A los diez mil metros el tiempo está como ralenti, puesto que no hay movimiento alguno. No hay más que llamaradas crujientes, vigas que estallan, torbellinos de humo negro. No hay nada más que esta leche grisácea cuajada en el ámbar.

¿Vamos a curar este bosque? ¿Vamos a curar este pueblo? Observado desde donde yo estoy, el fuego roe con la lentitud de una enfermedad.


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