Piloto de guerra

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XIV

He envejecido tanto que todo lo he dejado atrás. Miro por la gran placa reverberante de mi vitrina. Ahí abajo están los hombres. Unos infusorios sobre una laminilla de microscopio. ¿Puede uno interesarse por los dramas de familia de los infusorios?

Si no fuera por este dolor al corazón que me parece vivo, me hundiría en sueños vagos, como un viejo tirano. Hace diez minutos inventaba este cuento de figurantes. Era falso como para dar náuseas. Cuando entrevi los cazadores, ¿pensé acaso en suspiros tiernos? Pensé en avispas punzantes. Eso sí. Eran minúsculas esas porquerías.

¡Cómo he podido inventar, sin sentirme asqueado, esta imagen de traje de cola! ¡No he pensado en traje de cola por la sencilla razón de que nunca he visto mi propia estela! Desde esta carlinga en donde estoy encerrado como una pipa en su estuche, me es imposible observar nada detrás de mí. Miro hacia atrás por los ojos de mi ametrallador. ¡Y aun eso! ¡Si los laringófonos no están averiados! Y mi ametrallador nunca me ha dicho: «Aquí vienen unos pretendientes enamorados de nosotros, que siguen nuestro traje de cola…».

No hay aquí más que escepticismo y malabarismo. Claro que yo quisiera creer, quisiera luchar, quisiera vencer. Pero, ya pueda uno fingir que cree que lucha, que vence incendiando sus propios pueblos, es muy difícil sacar de ello exaltación alguna.


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