Tierra de hombres

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Ya desde mi primer viaje descubrí el sabor del desierto. Riguelle, Guillaumet y yo habíamos tenido una avería cerca del fortín Nouakchott. Este pequeño emplazamiento de Mauritania estaba entonces tan aislado de cualquier ser viviente como un islote perdido en el mar. Un viejo sargento vivía allí, encerrado con sus quince senegaleses. Nos recibió como a enviados del cielo: - ¡Ah! No saben lo que significa para mí poder hablar con ustedes… ¡Para mí es muy importante!

Significaba mucho para él; estaba llorando.

—Son ustedes los primeros desde hace seis meses. Me abastecen cada seis meses. A veces viene el teniente, a veces el capitán. La última vez fue el capitán…

Nosotros todavía estábamos atontados. A dos horas de Dakar, donde nos están preparando el almuerzo, saltan las bielas y nuestro destino cambia. Ahora representamos el papel de una aparición celestial frente a un viejo sargento que llora.

—¡Beban! Para mí es un honor poder ofrecerles vino. ¡Miren! Cuando pasó el capitán ya no me quedaba ni para él.

He narrado esta escena en un libro, pero no era una escena novelesca. El hombre nos dijo: - La última vez ni siquiera pude brindar. Me dio tanta vergüenza que pedí el relevo.

¡Brindar! ¡Beber un buen vaso con el otro, que acaba de saltar del dromedario chorreando sudor!


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