Tierra de hombres
Tierra de hombres En el avión, cuando la noche es demasiado bella, te dejas llevar, casi no pilotas, y, poco a poco, el aparato se inclina a la izquierda. Crees que vuelas horizontal cuando bajo el ala derecha descubres un pueblo. En el desierto no hay pueblos. Otras ves, lo que descubres es una flota pesquera en el mar. Pero, en el mar del Sáhara no hay flotas de pesca. En esos casos te rÃes de tu descuido y, suavemente, enderezas el avión. El pueblo vuelve a su sitio, se vuelve a colgar en la panoplia la constelación que se ha dejado caer. ¿Un pueblo? SÃ, un pueblo de estrellas. Sin embargo, desde lo alto del fortÃn, solo se ve un desierto que parece helado, inmóviles olas de arena, constelaciones perfectamente ordenadas, y el sargento nos habla de ella: -¡Miren! Mis rutas me las sé muy bien… Rumbo a esa estrella, ¡directos a Túnez!
—¿Eres de Túnez?
—No. Mi prima.
El silencio se prolonga. Sin embargo, el sargento no se atreve a escondernos nada.
—Un dÃa yo iré a Túnez.
Claro que sÃ, pero no siguiendo esa estrella, a menos que, en una expedición, un pozo seco lo entregue a la poesÃa del delirio, en cuyo caso la estrella, su prima y Túnez se confundirán y, entonces, alucinado emprenderá ese camino que los profanos creen doloroso.