Tierra de hombres
Tierra de hombres Allí abajo estábamos en contacto con los moros insumisos. Surgían de lo hondo de los territorios prohibidos, de aquellos territorios que nosotros franqueábamos durante los vuelos; se aventuraban hasta los fortines de Juby o de Cisneros para comprar pan de azúcar o té; después se sumergían de nuevo en su misterio Durante su visita intentábamos ganarnos a alguno de ellos.
Cuando se trataba de jefes influyentes, algunas veces y de acuerdo con la dirección, los subíamos a bordo para enseñarles el mundo. Pretendíamos rebajar su orgullo, ya que era por despecho más que por odio por lo que ellos asesinaban a los prisioneros. Cuando se cruzaban con nosotros, cerca de los fortines, ni siquiera nos insultaban; se apartaban y escupían. Sacaban ese orgullo de su ilusión de poder. Cuántos de ellos, habiendo puesto en pie de guerra un ejército de trescientos fusiles, me han repetido: «Los franceses tenéis suerte de encontrarnos a más de cien días de camino…».
Así que nosotros los paseábamos, y ocurrió que, de este modo, tres de ellos visitaron esa Francia desconocida. Pertenecían a esa raza de hombres que, habiéndome acompañado una vez al Senegal, al descubrir árboles se echaron a llorar.
