Tierra de hombres
Tierra de hombres —Escóndeme en un avión de Marrakech…
Todas las noches, en Juby, aquel esclavo de los moros me elevaba su breve súplica y después, hecho ya todo lo posible para vivir, se sentaba cruzando las piernas y me preparaba el té. Se habÃa confiado al único médico que, a su parecer, podÃa curarlo, le habÃa rogado al único dios que podÃa salvarlo. AsÃ, permanecÃa tranquilo durante un dÃa, rumiando sobre el hervidor las sencillas imágenes de su vida, las tierras negras de Marrakech, sus casas de color rosa, los elementales bienes de los que habÃa sido desposeÃdo. No me guardaba rencor por mi silencio, ni por mi retraso en darle la vida: yo no era un hombre como él, yo era una fuerza que habÃa que poner en movimiento, algo asà como un viento favorable, que algún dÃa se levantarÃa sobre su destino.
Sin embargo, simple piloto, jefe de aeropuerto por unos meses, yo disponÃa de una barraca adosada al fuerte español. AllÃ, con una palangana, una jarra de agua salada y una cama demasiado corta como único patrimonio, me hacÃa menos ilusiones acerca de mi poder: —Viejo Bark, ya veremos…
Todos los esclavos se llaman Bark, asà que él se llamaba Bark. A pesar de cuatro años de cautiverio, todavÃa no se habÃa resignado: recordaba que él habÃa sido rey.
