Tierra de hombres
Tierra de hombres Cuando abandoné aquel despacho, sentí un orgullo pueril. A partir del amanecer yo iba a ser, a mi vez, responsable de una carga de pasajeros, responsable del correo de África. No obstante, me embargaba también una gran humildad. Me creía poco preparado. España presentaba pocos refugios. Temía, frente a un paro del motor, no saber dónde buscar la acogida de un campo de aterrizaje. Me había inclinado, sin descubrir las enseñanzas que necesitaba, sobre la aridez de los mapas. Por ello, y con el corazón invadido por una mezcla de timidez y de orgullo, resolví pasar la vela de armas al lado de mi compañero Guillaumet. Guillaumet me había precedido por aquellos caminos. Guillaumet conocía los trucos que permitían conseguir las llaves de España.
Necesitaba ser iniciado por Guillaumet.
Entré en su habitación.
—Ya sé la noticia. —Me sonrió—. ¿Estás contento?
Sacó de un armario oporto y vasos y se acercó a mí, sin dejar de sonreír: —Vamos a remojarlo. Ya verás, todo irá bien.
Aquel compañero, que después había de batir el récord en las travesías postales de la Cordillera de los Andes y en las del Atlántico Sur, infundía confianza con la misma naturalidad que una lámpara da luz.