Tierra de hombres
Tierra de hombres —Pero recuérdelo: debajo de los mares de nubes… se encuentra la eternidad.
Y, de pronto, aquel mundo tranquilo, tan unido, tan sencillo, que se descubre cuando se emerge de las nubes, adquirió para mà un valor desconocido. Aquella suavidad se habÃa convertido en una emboscada. Me imaginaba aquella inmensa trampa blanca, extendida allÃ, a mis pies. Debajo no reinaba, como hubiera podido creerse, ni la agitación de los hombres, ni el tumulto, ni el vivo ajetreo de las ciudades, sino un silencio todavÃa más absoluto, una paz más definitiva. Aquella viscosidad blanca se convertirÃa para mà en la frontera entre lo real y lo irreal, entre lo conocido y lo inconocible. Y yo adivinaba ya que un espectáculo carece de sentido si no se mira a través de una cultura, de una civilización, de un oficio. Los montañeses conocen también los mares de nubes. Ellos, sin embargo, no pueden descorrer el fabuloso telón.