Tierra de hombres

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Llegó, por fin, la tarde en que, a mi vez, fui llamado al despacho del director. Se limitó a decirme.

—Saldrá usted mañana.

Permanecí allí de pie, en espera de que me despidiese. Sin embargo, después de una pausa, añadió:

—¿Conoce usted bien las consignas?

En aquella época, los motores no ofrecían la seguridad de los actuales. Con frecuencia, se paraban de repente, sin previo aviso, con un estrépito de vajilla rota. Y uno volvía la vista hacia la corteza rocosa de España, que ofrecía pocos refugios. «Cuando el motor se estropea allí —solíamos decir—, al avión, ¡ay! no tarda en sucederle lo mismo». Ahora bien, un avión puede ser remplazado. Lo más importante, ante todo, consistía en no abordar la roca a ciegas. Por lo tanto, nos estaba prohibido, so pena de las sanciones más severas, sobrevolar los mares de nubes por encima de las zonas montañosas. El piloto, al hundirse el averiado aparato en el algodón blanco, no veía los picos y chocaba contra ellos.

He aquí por qué, aquella tarde, la voz lenta del director insistía una vez más sobre la consigna: - Resulta muy bonito navegar con brújula sobre España, por encima de los mares de nubes. De acuerdo en que es muy elegante, pero…

Y aún más despacio:


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