Tierra de hombres
Tierra de hombres Asà es el desierto. Un Corán, que no es sino una regla de juego, transforma su arena en un Imperio. En el fondo del Sáhara que podrÃa parecer vacÃo, se interpreta una obra que perturba las pasiones de los hombres. La verdadera vida del desierto no está hecha de éxodos de tribus en busca de hierba para pastar, sino del juego que, al mismo tiempo, allà se crea. ¡Qué diferencia entre la materia de la arena sometida y la de la otra! ¿Y acaso no ocurre lo mismo con los hombres? Frente a este desierto transfigurado recerco juegos de mi niñez, un parque oscuro y dorado que habÃamos poblado de dioses, un reino sin lÃmites que habÃamos creado en un kilómetro cuadrado nunca del todo conocido, nunca del todo explorado. Formábamos una civilización cerrada, en la que los pasos tenÃan un sabor, en la que las cosas, que no estaban permitidas en ninguna otra civilización, tenÃan un sentido. Cuando, ya adulto, uno vive bajo otras leyes, ¿qué queda del parque de la infancia, henchido de sombra, mágico, helado, ardiente, del que, ahora, al regresar, uno recorre con cierta desesperanza la pared baja de piedras grises, extrañándose de encontrar, en un recinto tan pequeño, encerrada una provincia de la que uno habÃa hecho su infinito, y comprendiendo que ya nunca volverá a ese infinito pues, para ello, no basta con regresar al parque, sino que tendrÃa que volver a participar en el juego?
