Tierra de hombres
Tierra de hombres De madrugada hemos recogido de encima de las alas y con un trapo un culo de vaso de rocÃo mezclado con pintura y aceite. Estaba asqueroso, pero nos lo hemos bebido. A falta de otra cosa, al menos nos hemos mojado los labios. Después de semejante banquete, Prévot me ha dicho: —Por suerte tenemos el revólver.
Bruscamente me siento agresivo y me vuelvo hacia él con maligna hostilidad. En este momento nada me responderÃa más que una efusión sentimental. Siento una necesidad extrema de pensar que todo es sencillo. Que es sencillo nacer. Que es sencillo crecer. Que es sencillo morir de sed.
Por el rabillo del ojo observo a Prévot, dispuesto, si hace falta, a golpearlo para que se calle.
Pero Prévot me ha hablado con calma. Ha tratado un asunto de higiene. Ha abordado el tema como quien hubiera podido decir: «TendrÃamos que lavarnos las manos». Asà que estamos de acuerdo. Mirando la funda de cuero ya lo pensé ayer. Mis reflexiones eran razonables, no patéticas. Sólo hay patetismo en el hecho social, en nuestra impotencia para tranquilizar a aquéllos de los que somos responsables. Y no en el revólver.
