Tierra de hombres
Tierra de hombres Es tan dulce cuando está situada dentro del orden de las cosas, cuando el viejo campesino de Provenza, al término de su reinado, entrega en depósito a sus hijos su lote de cabras y de olivos para que ellos, a su vez, lo transmitan a los hijos de sus hijos. En una dinastía campesina sólo se muere a medias. Cuando le toca el turno, cada existencia se abre como una vaina y ofrece sus granos.
En cierta ocasión acompañé a tres campesinos frente al lecho de muerte de la madre; era, en verdad, doloroso. El cordón umbilical se rompía por segunda vez. Por segunda vez, el nudo que liga a una generación con otra se deshacía. Los tres hijos, de repente, se veían solos, con todo por aprender, privados de una mesa familiar en la que poder reunirse los días de fiesta, privados del polo imantado en el que reencontrase. Pero, en aquella ruptura, descubrí también que la vida puede ser entregada por segunda vez. También aquellos hijos, a su vez, se convertirían en jefes de fila, puntos de reunión y patriarcas, hasta que les llegara la hora de entregar el mando a la camada de pequeñajos que jugaban en el patio.