Tierra de hombres
Tierra de hombres Yo miraba a la madre, una vieja campesina de rostro sereno y austero, labios prietos, rostro transformado en máscara de piedra. En él podÃa ver el rostro de sus hijos. Aquella máscara se habÃa utilizado para moldear la suya. Aquel cuerpo habÃa servido para moldear estos hermosos prototipos de hombre. Ahora descansaba, rota, como una preciosa cáscara a la que acaban de quitarle el fruto. A su vez, los hijos e hijas de su carne moldearÃan a sus pequeños. En la granja no se morÃa. La madre ha muerto, ¡viva la madre!
Esa imagen del linaje es dolorosa, sÃ, dolorosa pero muy sencilla, abandonando uno a uno sus bellos despojos de blancos cabellos a la vera del camino, avanzando, a través de sus metamorfosis, hacia una verdad.
Por esta razón, aquella misma noche, el sonido de la campana del pueblecito tocando a muerto en el campo no me pareció colmado de desesperanza, sino de una alegrÃa discreta y tierna. Ella, que con la misma voz celebraba los entierros y los bautizos, anunciaba, una vez más, el paso de una a otra generación. Y, al escuchar el canto que festejaba los esponsales de una pobre vieja y la tierra, una dulce paz se adueñó de mÃ.