Tierra de hombres
Tierra de hombres Lo que, de generación en generación, se trasmitÃa asÃ, como el crecimiento paulatino de un árbol, era, además de la vida, la conciencia. ¡Qué ascensión tan misteriosa! Surgidos de una lava en fusión, de una pasta de estrella, de una célula viva milagrosamente fecundada, poco a poco nos hemos elevado hasta llegar a escribir cantatas y a calcular el peso de las vÃas lácteas.
La madre no sólo habÃa transmitido la vida: habÃa enseñado un lenguaje sus hijos; les habÃa confiado el caudal que, muy lentamente, se habÃa ido acumulando a lo largo de los siglos; el patrimonio espiritual que también ella habÃa recibido en depósito: un pequeño lote de tradiciones, de conceptos y de mitos que constituye la única diferencia entre Newton o Shakespeare y el bruto de las cavernas.
Lo que sentimos al tener hambre, esa suerte de hambre que impulsaba a los soldados de España asistir, bajo el fuego, a su clase de botánica, la que lanzó a Mermoz al Atlántico Sur, la que guÃa a otro hacia su poema, es que la génesis no ha finalizado todavÃa y que debemos tener conciencia de nosotros mismos y del universo. Debemos tender puentes en la noche. Sólo ignoran esto quienes piensan que la auténtica sabidurÃa estriba en una egoÃsta indiferencia; sin embargo, ¡todo desmiente esa sabidurÃa! Camaradas, amigos camaradas, yo os emplaza como testigos: ¿cuándo hemos sido felices?