Tierra de hombres
Tierra de hombres El piloto que se dirige al estrecho de Magallanes sobrevuela, un poco al Sur de RÃo Gallegos, una antigua lengua de lava. Esos cascotes levantan sus veinte metros de espesor sobre la planicie. En seguida descubre una segunda corriente, y una tercera, y, a partir de ahora, cada protuberancia del suelo, cada montÃculo de doscientos metros, tiene un cráter en el flanco. No son Vesubios orgullosos, sino sencillas bocas de obús emplazadas en la misma llanura.
Actualmente duermen. Sorprende la calma de ese paisaje abandonado en el que mil volcanes, escupiendo fuego, dialogaban entre sà con sus enormes órganos subterráneos. Sobrevolamos una tierra que, adornada por negros glaciares, permanece muda desde entonces.
Más adelante, volcanes más antiguos ya se han vestido con unos dorados matorrales. De vez en cuando un árbol brota en su seno, como una flor en una vieja maceta. A la luz del ocaso, colonizada por briznas de hierba, la planicie brinda el lujo de un parque, y ya casi no se arquea alrededor de las enormes bocas. Salta una liebre, un pájaro echa a volar; la vida ha tomado posesión de un nuevo planeta en el que la tierra por fin se ha impuesto al astro.
Finalmente, un poco antes de Punta Arenas, los últimos cráteres aparecen colmados. Una hierba uniforme abraza con dulzura las sinuosidades de los volcanes. Ese lino suave recubre cada fisura.
