Tierra de hombres
Tierra de hombres Habitamos un planeta errante. De vez en cuando, gracias al avión, nos muestra sus orÃgenes: un estanque que mantiene relaciones con la luna nos revela ocultos parentescos, peo he descubierto otros signos de esa relación.
En la costa del Sáhara, entre Cabo Juby y Cisneros, se sobrevuelan, de trecho en trecho, mesetas cónicas cuya anchura oscila entre varias centenas de pasos y una treintena de kilómetros. Su altura, extrañamente uniforme, es de trescientos metros, pero además de tener el mismo nivel, estas mesetas tienen el mismo colorido, el mismo grano de suelo, el mismo tipo de acantilado.
Asà como las columnas de un templo, al emerger de la arena, solas, muestran todavÃa los vestigios de la techumbre que se derrumbó, estos pilares solitarios dan testimonio de una vasta meseta que antaño los unÃa.
Durante los primeros años de la lÃnea Casablanca-Dakar, cuando el material era frágil, las averÃas, las búsquedas, los salvamentos a menudo nos obligaban a aterrizar en territorio rebelde.
Ahora bien, la arena es traicionera: uno se cree que está en el suelo firme y, de sopetón, se hunde. Por lo que respecta a las antiguas salinas, cuya superficie parece rÃgida como el asfalto y suena a maciza cuando se la golpea con el talón, ceden algunas veces bajo el peso de las ruedas.
