Tierra de hombres
Tierra de hombres Nunca ningĂșn europeo habĂa explorado aquel territorio. RecorrĂ una arena infinitamente virgen.
Yo era el primero que dejaba escurrir aquel polvo de concha, precioso como el oro, entre los dedos de mis manos. En aquella especie de tĂ©mpano polar que nunca jamĂĄs habĂa albergado una sola brizna de hierba, yo era, como grano acarreado por el viento, el primer testimonio de la vida.
Una estrella ya habĂa comenzado a brillar; la contemplĂ©. PensĂ© que durante cientos de miles de años aquella blanca superficie sĂłlo se habĂa ofrecido a los astros. Mantel sin mĂĄcula, desplegado bajo el cielo puro. AsĂ que, cuando a quince o veinte metros, encontrĂ© un guijarro negro, me emocionĂ© como si me encontrara en el umbral de un gran descubrimiento.
Descansaba sobre una capa de conchas de trescientos metros de espesor. Aquel enorme asiento impedĂa la presencia de cualquier piedra. Tal vez algunos fragmentos de sĂlex dormĂan en las profundidades subterrĂĄneas, fruto de las lentas digestiones del globo, pero Âżacaso no hacĂa falta un milagro para que una de ellas pudiera emerger hasta la superficie mucho mĂĄs reciente? AsĂ, con el corazĂłn palpitante, recogĂ mi hallazgo: un guijarro duro, negro, grande como el puño, pesado como el metal y fundido en forma de lĂĄgrima.