Tierra de hombres
Tierra de hombres No, ya no vivĂa entre la arena y las estrellas. De aquel decorado sĂłlo recibĂa un mensaje frĂo e, incluso, me daba cuenta del origen del sabor a eternidad que habĂa creĂdo recibir de Ă©l. VolvĂa a ver los solemnes armarios de la casa, mostrando, entreabiertos, montones de sĂĄbanas blancas como la nieve; mostrando, entreabiertos, provisiones heladas de nieve. La vieja ama de llaves se apresuraba como un ratĂłn de uno a otro, siempre revisando, desplegando, volviendo a doblar, contando la ropa blanca, exclamando: «Dios mĂo, ÂĄquĂ© desastre!», corriendo, a la menor señal de deterioro que pusiera en peligro la eternidad de la casa, a quemarse la vista bajo una lĂĄmpara para zurcir la trama de los tapetes de altar, para remendar aquellas velas de barco de tres palos, para servir a no se quĂ© cosa mayor que ella, a un Dios o a un navĂo.