Tierra de hombres
Tierra de hombres Y, sin embargo, me descubrà repleto de sueños.
Llegaron sin ruido, como agua de fuente y, en un primer momento, no fui consciente de la dulzura que me inundaba. No hubo voces ni imágenes, sino el sentimiento de una presencia, de una amistad muy próxima que ya comenzaba a adivinar. Después lo comprendà y me dejé llevar, con los ojos cerrados, por el embrujo de mi memoria.
En algún lugar existÃa un parque repleto de abetos negros y de tilos, asà como una vieja y querida casa. No importaba que estuviera lejos o cerca, que, reducida a simple sueño, no pudiera darme calor, ni protegerme: bastaba con que existiera para que su presencia llenara mi noche. Yo ya no era un cuerpo varado en una playa, yo ya me orientaba. Era hijo de aquella casa y me sentÃa colmado por el recuerdo de sus olores, repleto del frescor de sus vestÃbulos, de las voces que la animaban. PodÃa incluso oÃr el croar de las ranas en el estanque. Yo necesitaba de esos mil puntos de referencia para encontrarme conmigo mismo, para descubrir las ausencias que daban sabor a aquel desierto, para encontrarle un sentido a aquel silencio hecho de mil silencios, en el que incluso las ranas callaban.