Tierra de hombres

Tierra de hombres

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Notaba que la tierra apuntalaba mis riñones, que me sostenía, que me levantaba, que me transportaba a través del espacio nocturno. Me descubrí pegado al astro por una fuerza semejante a la que, en las curvas, empuja contra los lados del coche, y saboreé aquel apoyo admirable, aquella solidez, aquella seguridad, adivinando bajo mi cuerpo la curva de la cubierta de mi navío.

La conciencia de ser transportado era tan clara que no me hubiera sorprendido oír elevarse, desde las entrañas de la tierra, la queja de la materia que se fuerza y se reajusta, el gemido de los viejos veleros en busca de su morada, el largo y áspero grito de las gabarras contrariadas. Pero en el espesor de las tierras reinaba el silencio. Me daba cuenta de que el peso sobre mis hombros era armonioso, uniforme, el mismo de toda la eternidad, de que yo habitaba aquella patria como los condenados a galeras que han muerto y que, lastrados con plomo, habitan el fondo del mar.

Y medité sobre mi condición, perdido en el desierto y amenazado, desnudo entre la arena y las estrellas, alejado de los polos de mi vida por demasiado silencio. Sabía que, si ningún avión me encontraba, necesitaría días, semanas, meses, para hallarlos, en el caso de que los moros no me mataran al día siguiente. Allí yo ya no poseía nada, sólo era un mortal, perdido entre la arena y las estrellas, al que sólo le quedaba el consuelo de respirar.


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