Tierra de hombres
Tierra de hombres Por regla general, los hombres no se dan cuenta de transcurso del tiempo. Viven en una paz provisional. Pero nosotros, cuando hacíamos una escala, cuando nos abrumaban esos vientos alisios que nunca paran, nosotros sí que nos dábamos cuenta. Parecíamos ese viajero del tren, ensordecido por el ruido de los ejes que traquetean en la noche, que adivina, gracias a los puñados de luz que se dilapidan tras el vidrio de la ventanilla, el fluir de los campos, de los pueblos, de las haciendas encantadas, de los que no puede retener nada puesto que está viajando.
A pesar de la calma que reinaba en la escala, animados por una ligera fiebre, con los oídos silbando todavía a causa del ruido del vuelo, a nosotros también nos parecía estar viajando.
También nos descubríamos, encarando el empuje de los vientos, levados por los latidos de nuestros corazones hacia un futuro desconocido.
Al desierto se sumaba la disidencia. Cada cuarto de hora, las noches de Cabo Juby se veían interrumpidas por una suerte de campanada de reloj: los centinelas se daban la voz de alerta con un fuerte grito reglamentario. El fuerte español, perdido en territorio rebelde, se protegía así de amenazas sin rostro. Y nosotros, los pasajeros de ese ciego bajel, escuchábamos la llamada que progresivamente crecía y describía orbes de aves marinas sobre nosotros.