Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Robineau vagaba ahora, melancólico, por las oficinas. La vida de la Compañía se había detenido, pues aquel correo previsto para las dos sería suspendido y no partiría hasta que fuese de día. Los empleados, con rostros herméticos, velaban aún, pero esta vela era inútil. Se recibían aún, con ritmo regular, los mensajes de protección de las escalas Norte, pero sus «cielos limpios», y sus «luna llena», y sus «viento nulo» evocaban la imagen de un reino estéril. Un desierto de luna y de piedras. Como Robineau hojease sin saber por qué un expediente en el que trabajaba el jefe de oficina, percibió que éste, de pie ante él, esperaba, con un respeto insolente, a que se lo devolviese. Con la expresión decía: «Cuando a usted le plazca, ¿no? Es mío…». Esa actitud de un subalterno desagradó al inspector, pero no se le ocurrió ninguna réplica, e, irritado, le tendió el expediente. El jefe de la oficina se sentó de nuevo con gran nobleza. «Hubiera debido mandarlo a paseo», pensó Robineau. Entonces, anduvo algunos pasos pensando en el drama. Ese drama entrañaría la desgracia de una política, y Robineau lloraba un doble luto.
