Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Rivière levantó la cabeza y le miró. Rivière despertaba de una meditación tan profunda, tan lejana, que tal vez no se habÃa dado cuenta aún de la presencia de Robineau. Y nadie supo jamás lo que meditó, ni lo que experimentó, ni qué luto se habÃa hecho en su corazón. Rivière contempló a Robineau, largamente, como el testigo vivo de alguna cosa. Robineau se sintió incómodo. Cuanto más contemplaba Rivière a Robineau, más se dibujaba sobre los labios de aquél una incomprensible ironÃa. Cuanto más contemplaba Rivière a Robineau, más enrojecÃa éste. Y más parecÃa a Rivière que Robineau habÃa venido a testimoniar, con una buena voluntad conmovedora y desgraciadamente espontánea, la estupidez de los hombres.
Robineau se azoró por completo. Ni el sargento, ni el general, ni las balas existÃan. SucedÃa algo inexplicable. Rivière seguÃa mirándole. Entonces Robineau, a pesar suyo, rectificó ligeramente su actitud, sacó la mano del bolsillo izquierdo. Rivière seguÃa mirándole. Finalmente, Robineau, con infinito embarazo, sin saber por qué, balbució:
—He venido a recibir órdenes.
Rivière sacó su reloj, y dijo, simplemente:
—Son las dos. El correo de Asunción aterrizará a las dos y diez. Que el correo de Europa despegue a las dos y cuarto.