Vuelo nocturno
Vuelo nocturno Luego, le vino la imagen de un Rivière encerrado en su oficina, y que le había dicho: «Querido…». Nunca, a ningún hombre, le había faltado apoyo en tal grado. Robineau sintió por él una gran piedad. Combinaba en su cabeza algunas frases oscuramente destinadas a compadecer, a aliviar. Un sentimiento, que juzgaba muy hermoso, le animaba. Entonces llamó con suavidad. No le contestaron. No se atrevió a llamar más fuerte en ese silencio, y empujó la puerta. Rivière estaba allí. Robineau entraba en los dominios de Rivière, por primera vez, casi en pie de igualdad, como el sargento que, entre las balas, se reúne con el general herido, lo acompaña en la derrota y se convierte en su hermano en el destierro. «Ocurra lo que ocurra, estoy con usted», parecía querer decir Robineau.
Rivière callaba y, con la cabeza inclinada, contemplaba sus manos. Robineau, de pie ante él, no se atrevía a hablar. El león, incluso derribado, le intimidaba. Robineau preparaba frases cada vez más ebrias de devoción, pero cada vez que levantaba los ojos, encontraba aquella cabeza inclinada en tres cuartos, aquellos cabellos grises, aquellos labios apretados ¡sobre qué amargura! Por fin se decidió:
—Señor director…